La suerte de ser tu hermana

Por Pilar, el 03/10/2019

La suerte de ser tu hermana

Si dijera que me acuerdo del momento en que te vi por primera vez, mentiría. No hay documento gráfico del instante en que llegaste a casa. Jamás me contaron si lloré, si reí, nadie me lo puede decir ahora, pero qué más da. Sé que en aquel momento rompiste mi paz, mi estatus de hija única, propietaria en exclusiva de todos los besos y los abrazos disponibles en casa.

Aparte de mi situación de privilegio rompiste una costumbre de la familia según la cual los hijos segundos son más traviesos que los primeros. Yo tenía celos de ti e incluso parece que estaba de acuerdo con que alguna señora de las que veía por la calle se hiciera cargo de ti. Hasta que mamá hacía el amago y yo nerviosa y con un hilillo de voz le decía que otro día. 

En cambio sí recuerdo tu cara sonriente, tu desparpajo infantil. Ese pedir una moneda para mí cuando la vecina te daba una a ti. Siempre has contado conmigo para todo lo bueno que te pasaba. A cambio de nada.

Y claro que ha habitdo enfados, discusiones, ¿qué hermanos no discuten? pero son más las buenas conversaciones, la admiración, el cariño. Saber que hay alguien que es un poco tú, que te conoce, que te apoya de corazón y te riñe desde el hígado sabiendo que lo que te dice le duele más que a ti.

Mi gran suerte es pensar que somos más amigas que hermanas, que te elegiría si no fueras de mi familia. No todos los días viene tu hermana pequeña con un poster que ha arrancado de un autobús para dártelo diciendo, lo he robado para ti. Risas de complicidad. Eso no se hace, ¿lo sabes?