NOKEA (Relato)

Por Jose María, el 26/02/2016

NOKEA (Relato)

Treinta y ocho grados marcaba el termómetro del coche esa mañana de sábado. El asfalto podría derretirse en cualquier momento y, con un poco de suerte,  en breve  llegaríamos a Nokea.

Me había hecho de rogar durante un par de meses. Siempre me daba pereza y grima  ir a una gran superficie para comprar no se sabe muy bien qué, esquivando por todas partes gente frenética,  y terminando con el carro de la compra cargado de objetos supuestamente prácticos y originales que luego  veías repetidos en casa de familiares y amigos. Pero ese día de Julio me pilló mi mujer con las defensas bajas. La noche anterior, después de una romántica cena, la convencí  para ir de vacaciones en Agosto donde más me gusta, es decir a  practicar deportes de «multiaventura» a la montaña.  No tuve más remedio que ceder esa mañana en su oportuna y endulzada petición entre sábanas:

—Cari, ¿qué te parece si me llevas a Nokea? —a lo que respondí con un gesto vagamente afirmativo mientras la abrazaba. «Hoy por ti, mañana por mí» —me dije—. «Soy un hombre práctico y merece la pena pagar el ‘peaje’» —concluí en mi interior haciendo de tripas corazón.

Nada más tomar el desvío a la macrotienda, anunciado por un enorme cartel de letras blancas sobre fondo morado, nos encontramos con la temida cola de coches y tuve que disimular mi primer gesto de contrariedad que, seguramente, contrastaba con la cara de felicidad de Ana ante lo que parecía una inminente entrada al jardín del edén.

Cuando abandonamos la caldeada plaza de aparcamiento,  encontrada con cierta dificultad, nos dirigimos a la entrada del edificio morado. Al abrirse las puertas de cristal notamos el agradable frescor acondicionado y una guapa azafata vestida con los colores corporativos nos entregó un folleto publicitario e invitó a subir la escalera, flanqueada de un lado por publicidad de la oferta de la semana de un tresillo y de otro por una columna con bolsas de autoservicio de color morado, lápices y libretitas para apuntar (y coger un puñado para llevar).

Ana me sugirió que pasáramos a los aseos antes de subir, idea que secundé  ya que sabía que una vez metido en el laberinto de la tienda era difícil aliviar flujos sin regresar a la entrada o avanzar en el recorrido a la salida,  y sin posibilidad de usar los váteres de pega de dentro de la exposición.

Me encontraba en el cubículo del servicio, al que había entrado sin echar el pestillo de la puerta, y al activar la cisterna oí un tremendo ruido. Se apagaron las luces, incluso las de emergencia, quedando todo sumido en una negrura total. « ¿Qué ha pasado?» —me pregunté sobresaltado. Girándome abrí la puerta y cuando me acercaba a tientas a los lavabos, sentí como si alguien pasara fugazmente por delante de mí, sin hacer el menor ruido, solo noté el aire y el vacío posterior. A continuación oí claramente como se cerraba la puerta exterior, pero ni rastro de luz. Sobresaltado busqué mi móvil para encender la función de linterna y, al fin pude ver algo. Frente a mí los lavabos y espejos. A derecha e izquierda, nadie. Estaba solo, o eso parecía; no recordaba que al entrar hubiera nadie más, o eso creía. Todo estaba en silencio, ni siquiera de fuera llegaba sonido alguno; era muy extraño. Cuando elevé la luz del móvil, me sobresalté al ver una tétrica cara reflejada en el espejo: era mi cara, pálida y asustada, que estaba enmarcada en un extraño graffiti circular de palabras y flechas de color morado.  Acercándome más, un escalofrío recorrió mi espalda al descifrar el absurdo mensaje:

«Condenado a vivir tus miedos» —leí en voz baja.

Rápidamente me dirigí a la salida deseando terminar cuanto antes con esta insólita situación. Abriendo bruscamente  la puerta, todo volvió a ser luz y sonido, como antes. La gente circulaba en el exterior con normalidad, hablando; la música sonaba por megafonía. Me giré cuando vi que un hombre entraba al baño, comprobando estupefacto que ya estaba iluminado. No pude resistirlo y quise ver de nuevo el graffiti, pero ¡había desaparecido! Ni rastro. Todos los espejos estaban impolutos y allí solo había una persona, el recién llegado,  que me miraba con perplejidad mientras usaba el urinario, tal vez pensando que yo era un lunático o un maniático mirón.

Salí de nuevo y pensé que tal vez fueran imaginaciones mías: la críptica pintada debía ser una alucinación producto del miedo a la oscuridad del apagón, mas el estruendo que, seguramente, era el de un avión superando la barrera del sonido…Todo tendría una explicación.

Ana no había terminado todavía. Era raro  pues siempre era ella la rápida —y yo el lento. Esperé unos minutos más hasta que pensé que tal vez era yo el que me había demorado por el extraño suceso, y quizás ella había decidido cotillear por las promociones que hay antes de la subida, aprovechando mi tardanza. Pero Ana no estaba allí. Regresé a la puerta del baño de señoras y sin decidirme a entrar esperé hasta que llegó una joven, a la que pedí por favor que dijera dentro el nombre de mi mujer a ver si contestaba. Al poco salió la chica y me dijo que no estaba, que allí no había nadie.

« ¿Dónde se habrá metido esta mujer?» —pensé—. «El ‘síndrome de Nokea’ ha podido con ella y seguro que ya está arriba obnubilada con algún mueble o cacharro».

Mientras subía las escaleras, sentí que algo no encajaba,  pero lo ignoré mientras buscaba en  la pantalla del teléfono el icono de llamada rápida con la foto de Ana. No lo encontré. Buscando en contactos, comprobé sorprendido que el teléfono se había desconfigurado, no había ningún registro en la agenda. Empecé a impacientarme. Aquello no era posible. ¿Quién lo había borrado? El móvil y yo éramos inseparables. El historial de llamadas estaba vacío. «Definitivamente este móvil es una patata» —sentencié pensando que, en cuanto pudiera, iba a cambiarlo por otro. Pero como el número me lo sabía de memoria marqué los dígitos, no sin antes apartarme a un lado para evitar el trasiego de gente. No conseguí tono de llamada y además  me percaté de que no tenía conexión con el operador.

Empezaba a ponerme bastante nervioso, pero decidí, que tenía que actuar. «Calma, en la oficina soy experto en situaciones de emergencia y nunca me bloqueo» —me dije a mí mismo. Miré hacia el principio de la escalera buscando a la azafata pero no estaba, tampoco el stand de promociones. «Eso es lo que me ha llamado la atención…lo que no encaja» —pensé—. «¿Cómo es posible que hayan quitado tan deprisa todo?». Supuse que esos canadienses eran así de eficaces. Igual el ruido que había escuchado tenía que ver con ello…

Algo confuso y mareado, sin querer pensar más, decidí iniciar el recorrido que no tenía pérdida, estaba muy bien marcado. Enseguida encontraría a mi mujer contemplando algún comedor o plácidamente sentada en algún sofá relax, mientras yo la buscaba preocupado, lo típico. Me encontraba en la zona de salones; había gente por todas partes, como locos, mirando en todos los rincones, apuntando referencias con sus lápices y libretas de colores, haciendo fotos con su Smartphone. Entré en todos y cada uno de los apartamentos de la zona, revisando las habitaciones interiores, cocinas, baños, vestidores y ni rastro de Ana. Allí no estaba, o yo no la veía. La gente me atosigaba. Se cruzaban por todas partes, con sus carritos y sus  bolsas moradas.

Me asaltó una idea: «¡Claro, si lo que quería ver conmigo era un dormitorio!». Así pues decidí proseguir hacia delante, guiado por la dirección de las flechas del suelo, mirando a los lados cada dos por tres por si acaso, zigzagueando por las zonas de ’librerías’, ‘cocinas’ y ‘muebles de oficina’, hasta que llegué a ‘dormitorios’, sudando, con el corazón que se me salía y, ciertamente, algo cabreado con Ana. Después de buscar en todos los rincones de la zona infructuosamente, pensé contrariado que, tal vez estaba esperándome en la entrada o intentando llamarme al móvil sin conseguirlo. Desgraciadamente no había ningún empleado para intentar usar el teléfono o la megafonía.

Regresé sobre mis pasos todo lo rápido que pude,  a contracorriente del torbellino humano, pasando otra vez por las áreas de ‘muebles de oficina’ –‘comedores’ – ‘cocinas’ – ‘muebles de televisión’ – ‘librerías’ y ‘salones’ mirando de reojo a los lados para intentar encontrarla. Sentía rabia, impotencia e indignación, mientras el gentío, con mirada casi ovina, que me encontraba de frente, me rozaba, o se tropezaban conmigo  sin apenas excusarse. « ¿Cómo me puede hacer esto a mí? ¡La última vez que vengo!» —mascullaba yo por lo bajo mientras empezaba a dolerme la cabeza.

Al llegar al principio del recorrido —o eso creía yo— sin ver a Ana, decidí buscar entre la muchedumbre las escaleras y salir al exterior, pues acababa de tener la inspiración: «Tonto de mí, también habrá tenido problemas de cobertura y, con toda lógica, ha decidido salir al exterior a probar» —pensé—. «La compañía ‘Tescucho’ no me da confianza» —recordé haberle dicho unos meses antes, cuando Ana se empeñó en contratarla. Iba rumiando esos pensamientos, mientras sorteaba como podía a las personas pero no encontraba el inicio de la escalera. No podía ser; debían estar ahí los peldaños. Miré alrededor y creí reconocer los primeros muebles de salón que había visto antes al subir, pero la escalera había desaparecido.  A lo lejos solo veía cabezas, paredes, habitaciones, lámparas y muebles. Ninguna flecha ni señal de bajada.

Nuevamente confundido, a la vez que enfadado y, sobre todo,  avergonzado por ser tan torpe de no encontrar la salida, busqué de nuevo a algún empleado para preguntarle. Algo me decía que no iba bien la cosa, pues no recordaba haber visto ninguno con su clásico uniforme morado, salvo la desaparecida azafata del principio. Tratando de avanzar un poco más me sentí como un turista despistado intentando ir contracorriente entre los fieles musulmanes que giran sin parar alrededor de La Meca. Hacía un calor tremendo, sofocante, pero a toda esta gente le daba igual, por lo visto. Paré a un hombre de mediana edad y —fuera vergüenza— le pregunté directamente por la salida. Me miró extrañado y me dijo que por allí no estaba, que tenía que seguir la dirección de las flechas del camino morado hasta el final. Traté de explicarle que yo había entrado por esa zona, subiendo unas escaleras que no encontraba, y mirándome con ojos de loco, me dijo que eso no era posible y que necesariamente tenía que seguir todo el circuito hasta el final. Lo dejé marchar e hice las mismas preguntas a un matrimonio con hijos. Los pequeños me miraron y se rieron de una forma extraña, como con sarcasmo mientras los padres me informaban de lo mismo, que la única salida estaba siguiendo las flechas del suelo.

Un vago sentimiento de terror y pánico anuló los demás: «Esto es un rompecabezas sin sentido, las alucinaciones del aseo, la exposición de la entrada, la escalera desaparecida, los empleados ausentes. Encima he perdido a Ana, o ella me ha perdido, y no puedo llamarla ni nadie me dice nada coherente» —tenía ganas de llorar y las gotas de sudor que me caían por la frente sobre los ojos producían ese efecto—. «¿Me estaré volviendo loco?; ¿Sufro demencia senil o algún tipo de amnesia?» —Pensé, mientras el dolor de cabeza iba en aumento—. «El lunes sin falta, si acierto a salir de aquí, pido cita al neurólogo».

Se me ocurrió pedirle el móvil a un joven, que acaba de colgar y que estaba en el rincón de un salón algo friki. Le di una explicación un poco surrealista sobre el mal funcionamiento de mi móvil y que había perdido a mi mujer, a la que necesitaba localizar. Me lo dejó, amablemente aunque un poco mosca. Marqué el número y no me dio tono de llamada. Después de comprobar que no aparecía símbolo de compañía alguna en la pantalla se lo devolví al joven y le pregunté si él había podido hablar hacía un momento. Cogiendo su móvil se marchó dándome por respuesta un gesto despectivo como si  yo no estuviera muy cuerdo. Seguía sin entender nada.

Intenté, de nuevo, seguir más allá, por si yo estaba equivocado respecto de la ubicación de la escalera, pero, esta vez la marea humana, no solo me hizo imposible avanzar, sino que me arrastró. «¿De dónde ha salido toda esta gente?, ¿qué buscan aquí? ¿Han venido a comprar? ¿Por qué no sonríen?» —son preguntas que me asaltaron, cuando vi que nadie llevaba ya bolsas ni, por supuesto, carritos de la tienda. Con la ropa completamente empapada en sudor y empujado por la gente sentí que me ahogaba. Al tratar de  llenar mis pulmones con una brizna de aire fresco poniéndome de puntillas, miré hacia arriba, más allá del entrelazado de barras metálicas,  y observé que el techo de la nave tenía enormes tuberías de aluminio para ventilación que parecían amenazadores tentáculos de un pulpo gigantesco más dispuestos a estrangularnos que a refrigerarnos. Desanimado no me quedó más remedio que seguir la corriente, no sé si por el camino con flechas que ya no era posible ver. «Ya encontraré alguna salida» —dije en voz alta, me daba igual lo que pensara el rebaño que me propulsaba.

Arrastrado por la marabunta, no podía ni desviarme hacia los lados para liberarme un poco de la corriente. La gente me comprimía y no me dejaba respirar. «En realidad… ¿he venido aquí solo o con Ana?» —comencé a dudar, quizás era producto de la hipoxia. Ni siquiera era capaz de recordar bien su cara. No me atrevía a preguntar a la oronda señora que me empujaba por la derecha, o al joven de bíceps hipertrofiados que me asaltaba por la izquierda, estrujado por detrás y por delante por multitud de personas con rostro anodino y de rasgos indefinidos. La mayoría silenciosa, extrañamente cada vez más silenciosa. Ya nada me llamaba la atención, me sentía como anestesiado…

El río humano pasó de nuevo por ‘Librerías’ – ‘muebles TV’…hasta ‘dormitorios’ donde la corriente incansable pero ahora más lenta y asfixiante me siguió transportando hacia el resto de áreas por explorar —si es que se podía plantear con ese término. Alcancé a leer los carteles que colgaban del techo—: ‘armarios’ – ‘colchones’ – ‘dormitorios infantiles’ y al llegar a esta zona, recuperé cierta alegría, ya que creía recordar de anteriores visitas que estaba a punto de llegar al final.  Al girar la siguiente esquina debía divisar la zona de restauración, los aseos y la escalera de fin y principio de este maldito y angustiante laberinto…

Pero el alma se me cayó a los pies. No había ni rastro del restaurante, solo un angosto y largo pasillo curvo y morado, que no recordaba,  por el que inexorablemente íbamos a entrar embutidos y empujados por la aglomeración. Intenté forcejear, gritar, dar la vuelta, salir por un lateral, por arriba de la gente, pero era imposible. Estaba atrapado, mis brazos inmóviles contra mi empapado cuerpo y el del resto de personas, que silenciosas, con terrorífica mirada inexpresiva, avanzaban lentamente como el fluir de la lava de un volcán, poco a poco, sin protestar. El dolor de cabeza fue a más y creí perder el conocimiento en algún momento durante el recorrido de los quince o veinte metros del túnel, carente de toda ventilación y con olor nauseabundo a establo. No podía ver el final pues la visión se  tornó borrosa y solo alcanzaba a ver la espalda enorme del gigante que llevaba delante. Volviendo la vista a los lados comprobé con espanto que estaba rodeado de caras que ya no eran humanas, parecían animales que van al matadero, con los ojos inyectados en sangre y las mandíbulas desencajadas. No pude gritar. Era una película muda de terror de mi propia muerte, a cámara lenta. Deseé acabar con todo, ya no era posible soportar más sufrimiento…

Casi inconsciente, en un momento determinado, supuse que llegábamos al final del túnel debido al suave y progresivo incremento en la velocidad del flujo del rebaño, como en la salida a una zona más abierta.

Me sentí libre de ataduras  y noté a través de los parpados cerrados una potente luz blanca, pero no podía abrir los ojos. El dolor de cabeza era terrible. Sentí una cálida presión en la mano y escuché mi nombre, que sonó a música celestial. Al abrir los ojos vi junto a mi cara la sonrisa y los ojos que me enamoraron hace diez años y le pregunté:

— ¿Dónde te habías metido, Ana? Te he buscado por toda la tienda.

—Tonto, he estado a tu lado todo el tiempo. Estás recuperándote de un golpe, en el hospital —respondió con esa voz maravillosa.

— ¿Un golpe? ¿En el hospital? —dije incrédulo mirando la luminosa habitación.

—Sí, amor. En el aseo de Nokea, por lo visto un atracador te dio ayer un fuerte golpe en la cabeza. Total sólo te quitó el móvil porque la cartera la llevaba yo.

Me quedé en silencio, algo turbado durante unos instantes y, tocándome la venda de la cabeza, le dije:

—Prométeme que nunca volveremos a comprar allí y que cambiaremos de compañía de teléfono.

—Conforme cariño. Supongo que te apetece descansar y recuperarte. ¿Qué te parece si nos vamos de vacaciones al pueblo de mi madre? —me preguntó oportunamente y aprovechando que yo había dejado un flanco abierto.

 

Autor: José María García

24 de julio de 2015


«Cualquier discrepancia con la ficción es mera inconsistencia»

FotoMuchedumbre By Mckeyhan

Dibujo: elaboración propia