El Camino de Santiago

Por Pilar, el 23/02/2016

El Camino de Santiago

El Camino de Santiago, los caminos en realidad, esos senderos que tienen como destino llegar en peregrinaje a Santiago de Compostela, en tierras gallegas, caminando, a caballo, en bicicleta... No es un viaje al uso: aquí no hay reservas de hoteles o restaurantes, ni lujos, ni maletas llenas de ropas y utensilios de aseo. Por el contrario se trata de un experiencia sobria, áspera, dura en ocasiones y que aún así, empuja todos los años a miles de personas a emprenderla.

¿Qué motiva a tanta gente a hacerlo? Para unos la razón es religiosa, otros se tropiezan con esta posibilidad cuando buscan viajes diferentes a los que están en el circuito habitual. Sea por lo que sea, tiene algo que engancha, que hace que haya un antes y un después. Es un camino en el que se recorren con esfuerzo muchos kilómetros, y aunque los pasos se encaminan en dirección a lo que se pensaba que era el fin del mundo, en realidad es un viaje que lleva al interior de uno mismo. Es una experiencia que curte las piernas, pero también la voluntad, que exfolia la piel, pero la del alma, que la deja al borde de la desnudez, expuesta a sus propias debilidades y también a sus fortalezas. Peregrinando se encuentran personas alegres, solitarias, voluntariosas, historias de vidas y de amores, consejos, consuelos... en definitiva, vida se mire donde se mire. La del presente y la del pasado propio que se empieza a abandonar allí mismo, como el que muda la piel, y la de miles de personas que antes pisaron esos caminos.

Y además hay mucha superación, por el esfuerzo y el desafío, y también porque se vuelve a disfrutar de lo básico, de las alegrías de lo primitivo frente al deslumbramiento de lo superficial. Allí mismo uno es consciente de lo poco que se necesita para vivir y sin embargo ser feliz, y los pies vuelven a tocar la tierra, y se desenredan de las cosas absurdas que alejan de la felicidad, que la enmascaran. Es especial porque se descubren rincones maravillosos, pero no en el paisaje, sino en el interior de cada uno, agazapados, escondidos, esperando pacientes a ser encontrados. Y lo mejor es que es un camino sin retorno, y una vez iniciado se quiere avanzar más y más. Entonces, ¿qué tal si nos buscamos para encontrarnos? está en juego nada menos que nuestra felicidad.

Imagen: José Antonio Gil Martínez